James Salter: La última noche.

James Salter es uno de los principales referentes de la literatura realista norteamericana, pese a las muchas rarezas de su biografía. En primer lugar, en lugar de haber estudiado Letras o alguna ciencia social, Salter estudió Ingeniería. En segundo lugar, fue miembro de la Fuerza Aérea y combatió en Corea, dedicándose a la escritura tardíamente. Además, en cincuenta años de carrera sólo publicó siete libros; es por ello que la aparición de La última noche en el 2005 fue un verdadero acontecimiento literario, ya que el último libro editado por Salter databa de 1988.
En diez relatos magistrales Salter aborda aquellos temas que lo transforman en uno de los popes del realismo sucio: amor y desamor, lealtad y traición, vida familiar y soledad, todos mostrados a partir de las experiencias de hombres comunes.
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Gabriela Montero: “Baroque”

“Pocas veces me he cruzado con un talento como el de Gabriela. Ella es una artista única.” Martha Argerich

Nacida en Caracas, Gabriela Montero hizo su primera presentación pública a la edad de cinco años, y a los ochos años dio su primer concierto junto a la Orquesta Juvenil de Venezuela, dirigida por José Antonio Abreu. Luego de recibir una beca en USA siguió su impresionante carrera llegando a ganar la medalla de bronce en el Concurso Chopin en 1995. Ha interpretado en teatros de la magnitud del Wigmore Hall de Londres, el Kennedy Center de Washington DC, el Orchard Hall de Tokyo, el Teatro Colón de Buenos Aires y el Konzerthaus de Berlín.
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LIZZ WRIGHT: “THE ORCHARD”

El esfuerzo por querer encuadrar a Lizz Wright en algún estilo musical es más que seguro que fracasará. Y en sí, el no ajustarse a ningún esquema hace de esta nativa del estado de Georgia una artista sorprendente e interesante.

En este, su brillante tercer álbum, encontramos una colección de canciones finamente seleccionadas, de un carácter personal, maduro y hasta espiritual, muchas de ellas inspiradas en las memorias de su tierra natal y en sus propias experiencias amorosas. Sigue leyendo

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Hanif Kureishi: Intimidad, Anagrama

“Esta, pues, puede ser la última tarde como una familia honesta, completa e ideal, mi última noche con una mujer a la que conozco hace diez años, una mujer sobre la que lo sé prácticamente todo y junto a la que no quiero seguir más tiempo. Dentro de poco seremos como extraños. No, nunca seremos eso. Herir a alguien es un acto de involuntaria intimidad. Seremos conocidos peligrosos con una historia en común.” Sigue leyendo

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Novela recomendada: El enigma de París, Planeta. Pablo De Santis.

Homenaje al policial, por Adriana Badagnani

Quien haya leído alguna de las novelas de Pablo De Santis no se sorprenderá porque su último trabajo haya obtenido uno de los mayores premios de la literatura latinoamericana: el galardón Planeta – Casa América. La prosa de De Santis es tan precisa como rica, tan bella formalmente como atrapantes sus argumentos.

Pablo De Santis es un usual lector de policiales, de manera que construyó este trabajo como un homenaje al policial inglés. El escritor acata todas las normas del género: un asesinato que nos intriga, la historia de un crimen que dice más sobre los investigadores que sobre los culpables, un par de mujeres sensuales y misteriosas, un detective con una personalidad compleja y contradictoria. Sigue leyendo

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Recomendamos: Abbey Lincoln

Hay un fragmento en la inolvidable “Manhattan” de Woody Allen donde el protagonista (el mismo Woody) reflexiona sobre algunas razones por las que vale la pena vivir. Recuerdo  que nombra la Sinfonía 41 de Mozart (en particular, el segundo movimiento) y un tema de Louis Armstrong (“Potato Head Blues”). En esta nueva sección, presentaremos algunos discos que creemos deberían incluirse en aquella particular y caprichosa lista.

ABBEY LINCOLN

“A turtle´s dream”

Verve/Universal

A turtle´s dream (1994), de la gran Abbey Lincoln, es uno de esos discos que uno puede escuchar centenares de veces sin perder esa emoción original, cruda, honesta y llena de belleza para quien quiera oírla. Un verdadero objeto de deseo, el soundtrack de una vida.

La voz de Abbey Lincoln no es perfecta, ni prolija ni brillante. Pero es con seguridad  una de las voces más personales y emotivas del jazz de todos los tiempos. Muchos la comparan, y en eso no se equivocan, con la gran Billie Holiday. Hay una oscuridad, un misterio y una profundidad en esa voz, que perturba. Abbey Lincoln no considera la voz como un instrumento más, sino que indaga en el potencial emocional de cada canción, juega con las palabras y como el gran Polaco Goyeneche, también con el tempo y el ritmo. Su sensibilidad le permite administrar las palabras y las frases y entrelazarlas con la música con la capacidad de una verdadera artista. Nada en su música es obvio ni forzado.

Y en este increíble viaje emocional, Abbey está acompañada por músicos de la talla de Pat Metheny (guitarra) , Kenny Barron (piano) , Charlie Haden (bajo) Roy Hargrove (trompeta) , Rodney Kendrick (piano) y Julian Loreau (saxo), que suenan con una naturalidad y un sentimiento que sólo podemos escuchar en discos en vivo. Definitivamente, la música nada tiene que ver con pentagramas, corcheas y tonalidades.

Difícil marcar puntos altos en un disco de por sí brillante, pero con seguridad “Down here below” (con su tremenda melancolía y fuerza en un imaginario diálogo con Dios) y “Avec le temps” (donde Abbey más que cantar desnuda su alma en un francés sin ornamentos) son dos puntos destacados de un disco perfecto. Y es importante remarcar que además de intérprete, Abbey es una gran autora de canciones (entre las que se destacan en este disco “Throw it away”, “Should´ve been” y la gran “Down here below”).

Consigan este disco de la manera que sea (si es legal, mejor aún) y luego de escucharlo avísenme si no merece también estar en la lista propuesta por el gran Woody.

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Jesús y los ladrones

Los detectives salvajes, 2666 y la reescritura de Rayuela, por Mercedes Álvarez

Lo confieso: tardé mucho tiempo en decidirme a leer a Bolaño. Más de la cuenta tratándose de un escritor que está en boca de todo el mundo.  Pero al final me ganó la curiosidad. ¿Quién escribe hoy en día novelas de mil páginas? Ahí está 2666: ¡una novela de mil páginas escrita y publicada en pleno siglo XXI! Como dije, me ganó la curiosidad. Y un comentario de Jorge Volpi que leí en la muy recomendable colección de ensayos Bolaño Salvaje, compilada por Edmundo Paz Soldán. Cito de memoria: “Rayuela es a la generación de más de cincuenta años lo que Los detectives salvajes a los de menos de cuarenta”. Tengo menos de cuarenta, por lo tanto tenía que leer Los detectives salvajes. Bingo. Jorge Volpi tenía razón. Porque lo que Bolaño hace con Los detectives salvajes es reescribir Rayuela. Reescribirla en clave de aventura insólita y desmesurada, la aventura de dos poetas infrarrealistas (el movimiento que Bolaño creó junto al poeta Mario Santiago – Ulises Lima en la novela– durante sus años de juventud en México) en busca de la poeta Cesárea Tinajero. Pura seducción. Leer e inmediatamente empezar a querer a Bolaño fueron una misma cosa.

Roberto Bolaño nació en 1953 en un pueblo del sur de Chile, curiosamente llamado Los Ángeles;  en 1968 la familia se trasladó a México, escenario de gran parte de su literatura. En 1975 emigró a España, donde decidió quedarse a vivir. Fue allí donde le diagnosticaron la enfermedad del hígado de la que murió en el año 2003, dejando inconclusa la que él consideraba sería su obra más importante: 2666.

Bolaño, como Cortázar, escribió fuera de su país. Escribió lejos, con la lucidez que a veces da la distancia a quien la sabe domesticar, y la condición de exiliado# a quien logra convertir su experiencia en literatura.  De ahí, tal vez, le venía esa melancolía, esa tristeza rabiosa por lo inalcanzable que atraviesa toda su obra. Sed de absoluto, que diría Cortázar.

Daniel Link lo señala en un magnífico ensayo sobre Rayuela: los personajes de la novela buscan en el otro una totalidad imposible, porque el otro nunca es “todo”. Y por eso Rayuela es una novela de triángulos (Oliveira-la Maga-Pola / Ossip-Oliveira-la Maga, and so on). No es casual, creo, que la primera parte de 2666, “La parte de los críticos”, esté estructurada en torno a un trío amoroso (Norton-Espinoza-Pelletier). Con 2666 Bolaño profundizó en la reescritura de Rayuela, y siguió indagando los temas de Los detectives salvajes.

2666 empieza con la búsqueda del escritor alemán Benno von Archimboldi por parte de los cuatro críticos; una búsqueda infructuosa que se corta abruptamente para dar lugar a “La parte de Amalfitano”, seguida de “La parte de Fate” y “La parte de los crímenes”, el relato minucioso de las muertes de más de doscientas mujeres en la ciudad imaginaria de Santa Teresa (que bien podría ser Ciudad Juárez). El cierre de la novela, inconclusa pero diagramada por Bolaño casi en su totalidad, viene dado por “La parte de Archimboldi”.

¿Encontraría a la Maga? ¿Encontraría a Cesárea Tinajero? ¿Encontraría a Archimboldi? Estas son las preguntas, o las excusas que nos hacen seguir leyendo. Porque al final, ni en Rayuela encuentran a la Maga, ni en Los detectives a Cesárea, ni en 2666 a Archimboldi. Al menos no lo que de ellos se buscaba. ¿Pero qué es lo que de ellos se buscaba? (No, señores, no les estoy contado el final de la historia).

Los detectives y 2666 son libros sobre la Literatura. Sobre lo que persigue alguien que se sienta a escribir seis, ocho, diez horas al día, quitándole tiempo al sueño, desafiando, como Bolaño, a la muerte. Alguien  que corre y corre detrás de algo o de alguien que, como Cesárea o Archimboldi, se va escapando, está más allá, adelante; pero en el transcurso, mientras busca, cuenta una historia. O una aventura. La aventura de escribir asumiendo todas las consecuencias del asunto. Y, también, la aventura más peligrosa que se puede emprender hoy en día: la aventura de pensar.

Para Bolaño, hay un Tema. Un Tema, así con mayúsculas, que recorre incansablemente las páginas de 2666, pero que antes ya había recorrido las de Los detectives salvajes. Este tema es la apariencia. La importancia de la apariencia cristaliza al final de la novela, en “La parte de Archimboldi”.

Para presentar su primera novela a los editores, Archimboldi recurre a los servicios de un hombre que le alquila su máquina de escribir. “Toda obra tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras”, le dice el hombre. Es decir, que no existen las obras menores: el escritor menor escribe bajo el dictado, casi hipnótico, de un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra. La clave reside en el camuflaje, en el ocultamiento. Una suerte de plagio consentido por todos: empresarios y universidades y mecenas y asociaciones culturales.

“-Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla”.

¿Adónde nos conduce este ocultamiento? Tal vez sólo al vacío. Del mismo modo que los cientos de crímenes de mujeres cometidos en Santa Teresa no nos conducen más que al vacío. ¿Quién es el asesino de asesinos? O bien: ¿quién es el autor de autores? El símil es casi una obviedad. Peter Elmore ha señalado en Bolaño Salvaje que la contraparte del escritor en 2666 es el criminal: “Dos figuras ligadas al ejercicio de la violencia y el quehacer simbólico”.

Y, por ahora, no se diga más. Sigamos leyendo.

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Erik Satie, un mamífero que escribe

Por Fernando Cermelo
Como las didascalias en un texto dramático, las “indicaciones de carácter” son las advertencias que el compositor Erik Satie (Honfleur, 1866 – París, 1925) había elaborado como una especie de lenguaje codificado en sus partituras para comunicarse con los diversos intérpretes de sus obras. Él mismo se hacía llamar fonometrógrafo, alguien que mide y escribe los sonidos. Creía que era mejor esta definición que la más común de “músico”
Las partituras eran una muestra de poesía visual y auditiva: en la línea de la letra, el autor desplegaba una serie de consejos al pianista que no indicaban las dinámicas ni el volumen de la ejecución, pero que sí predisponían al intérprete de ciertos estados de ánimo, tal vez para liberarlo del virtuosismo técnico que las obras exigían. O para sugerir que el verdadero virtuosismo se lograba una vez que el pensamiento y la atención en la técnica se olvidaban. Consejos como “ligero pero decente”, o “lacado como un chino”, o el lánguido “la mano sobre la cabeza de su alma” tenían como propósito desconcertar al virtuoso, sumergirlo en el mundo de la música que para Satie era también el de la poesía y el de las imágenes, a pesar de que siempre defendió la independencia mutua del lenguaje literario y la expresión musical.
El libro que recopila la mayoría de estas indicaciones de carácter, junto con libretos de proyectos musicales, se titula Cuadernos de un mamífero y fue editado por El Acantilado en el 2006. Es curioso leer un libro con notas que fueron escritas para no ser leídas. O mejor dicho: leídas pero no declamadas. Si se ordenan las notas de una misma partitura, encontramos pequeños poemas vanguardistas como el siguiente: “Es mi corazón el que así se columpia / No le da vértigo. / Qué pequeños son sus pies. / ¿Querrá volver a mi pecho?” Estas indicaciones debían crear un clima propicio para la ejecución correcta (emocional, intuitivamente correcta) de Sports & Divertissements.
Por supuesto que estas observaciones que el compositor anotaba a sus músicos muchas veces causaban curiosidad y sorpresa  y, según cuentan, el mismo Arnold Schoenberg durante un concierto de música francesa en Viena se vio tentado de leerlas en voz alta a su auditorio para mejorar el efecto de la música. Disgustado, y para evitar futuras intromisiones (o infidencias) Satie advirtió: “Prohíbo leer en voz alta el texto durante el transcurso de la ejecución musical. Todo incumplimiento de esta observación levantará mi justa indignación contra el petulante. No se conceden privilegios.”
La edición de Cuadernos de un mamífero y la introducción con una semblanza breve y clara del músico son de Ornella Volta, especialista en la obra de Satie. Organizó también los papeles (notas, cuadernos, comentarios sueltos) que había escrito intermitentemente Satie de manera tal que, a modo de apéndice, podemos leer una Vida y obra de Erik Satie, comentadas por el mismo señor.
Un señor que, él mismo decía, se llamaba Erik Satie, como todo el mundo.

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